Miraba al cielo y dejaba caer las estrellas: 1, 2, 14, 1 millón… Parecían caerle encima, dispuestas a quemarla. Una vez alargó el brazo para coger una, tan cerca la veía, pero el resplandor se apagó en su mano, se apagó en la Vía Lactea.
[…]
No caerán estrellas al alcance de tu mano.
Oso – Marian Engels