Una tarde de domingo
me escurrí en tus calles,
eché el ancla
y descendí a otra vida.
Latías,
aún palpitas,
a frecuencias bien diferentes a las mías.
No esperaba menos.
A pesar del mareo,
no hubo grandes malentendidos.
Aprendimos a escucharnos,
me amoldé a ti,
me quitaste velos,
y me sorprendí acurrucada en tus noches.
Riendo
en dialectos desconocidos,
dejándome ser
a las orillas de este río que te baña,
donde hoy también
naufragan mis suspiros.
Dejaste de ser coordenada,
para ser rincones, gentes y anécdotas,
que ya por siempre me acompañan.
Y aunque me vaya con los bolsillos llenos de historias,
sé que me dejo otras tantas,
-no me caben más en el pecho-
y tengo por cierto que queda quien sabrá aprovecharlas.
¿Quién sabe si volveré a respirarte?
aunque vuelva,
no tendrás ya la misma fragancia.
Yo tendré más versos a la espalda
y quizá, quizá hasta arrugas.
Gracias
por compartir conmigo tus colores,
me voy,
te llevo en mi lienzo.
F.G.D.